sábado, junio 30, 2007

Perdidos en el hielo

Bajo la sombra de un naranjo la espero ansioso.
La hora de la siesta arrasó con todos
los parroquianos. El calor, la chicharra, ese
ulular que pisotea el termómetro.
¡Cincuenta grados!¡Carlitos, por amor
de Dios, llevá el sombrero!”.
¿Quién prendió este horno en San Javier?
Menos curiosos. Estela ya viene.
Tiene que estar por venir,
quedamos a las dos.
Ahí sale. ¡Hermosa! Se saca el delantal
y corre, su sonrisa blanca, hacia mí.
Abre los brazos y yo la recibo igual.
Nuestros cuerpos se chocan,
las bocas se juntan
y el calor y la transpiración.
Y tanto calor que no puedo explicar
cómo es que quedamos perdidos en el hielo,
en un bloque.
Estela y yo y el naranjo con sus ramas y sus frutos.

lunes, junio 25, 2007

La nueva vida

...
¡Qué lindo!
¿Qué lindo qué?
Nada, esto. Estar juntos en la cama. Esta nueva vida.
Sí, esta nueva vida...
¡PLOC!
¿Y ese ruido?
¿Qué ruido?
Ese ruido, en el baño... como algo que se caía... un cepillo de dientes,
algo así.
No escuché nada.
¡Ay! Andá a fijarte, mi amor.
Pero...
Dale.
Pero... ya voy.
Gracias, cielito.
¿No ves?... no hay nada... el cepillo está en su lugar, las toallas también.
El hombre corrió la cortina y un tentáculo lo amordazo
con varias vueltas sobre la boca y el cuello.
Un enorme monstruo indescriptible de tres cabezas
empezó a absorberlo, al mismo tiempo que,
por la parte de atrás, comenzó a formarse un clon idéntico al hombre.
Está todo bien, no hay nada.
Bueno, dale, vení rápido.
Ya voy mi amor.
¡Qué lindo!
¿Qué lindo qué?
Nada, esto. Estar juntos en la cama. Esta nueva vida.
Sí, esta nueva vida...

miércoles, junio 20, 2007

Cuando crece el pasto

Locura, cuando visible, molesta. Dejó crecer el pasto en los ángulos de adentro. Soltó la soga que la ataba a la razón. Pasa sus días con la pava de mate al piso, un cigarrillo humeante sobre los ojos que se abstraen en inextricables laberintos. Alguna vez soñó con ser. Un sueño trunco. Indagar en su rostro qué fue lo que pasó, en qué momento se apartó del camino y se perdió. Pensar que hubo un instante en que volver fue posible.

La pava, se sabe, tiene ginebra. Al levantarse, se tumba, cae en el pasto y duerme. A veces amanece tirada y arrastra su cuerpo balbuceando maldiciones. Gritos, golpes, reproches al más allá, manotazos, vestigios del ayer, las culpas, el dolor. Todo se ahoga con un pucho sereno y el humo que le nubla los ojos, otra capa se desenvuelve.

Crece el pasto, el abandono. La miseria también se nota. La falda atigrada, las medias violetas, campera celeste. En un bolsillo, una mano sostiene al encendedor que está siempre listo. Acodada en la reja, traga el humo, no se preocupa en expulsarlo.

Los días pasan y ahí está.