Perdidos en el hielo
La hora de la siesta arrasó con todos
los parroquianos. El calor, la chicharra, ese
ulular que pisotea el termómetro.
¡Cincuenta grados!¡Carlitos, por amor
de Dios, llevá el sombrero!”.
¿Quién prendió este horno en San Javier?
Menos curiosos. Estela ya viene.
Tiene que estar por venir,
quedamos a las dos.
Ahí sale. ¡Hermosa! Se saca el delantal
y corre, su sonrisa blanca, hacia mí.
Abre los brazos y yo la recibo igual.
Nuestros cuerpos se chocan,
las bocas se juntan
y el calor y la transpiración.
Y tanto calor que no puedo explicar
cómo es que quedamos perdidos en el hielo,
en un bloque.
Estela y yo y el naranjo con sus ramas y sus frutos.