martes, octubre 24, 2006

En el transcurso de la espera


Tu involuntario abandono me transformó. Esperándote llevo más años de los muchos que estuve a tu lado. Y aún me parece que todo ese tiempo es un instante tan pequeño como insuficiente para que haya podido olvidarte. De la máquina de coser a la ventana, y de la ventana a la máquina de coser, voy todo el tiempo, todos los días, en esta habitación por donde el sol diáfano entra por las mañanas a traerme una novedad que no es tal. Otro día que pasa y tu ausencia se prolonga.

Una foto del rincón de la pieza donde últimamente se desarrolla mi vida, mostraría dos imágenes de mi cuerpo superpuestas constantemente. Ambas imágenes reflejando la angustia de una mujer que espera lo inesperable. Una de ellas, acurrucada contra la ventana, dándole la espalda a la luz que entra por los postigos entreabiertos, como aguardando la sorpresiva aparición de un imposible. La otra, encorvada sobre la máquina, cansada de coser ninguna ropa, sin hilo y sin la esperanza de poder volver a tener a quien siempre se ha amado.

Desde que te fuiste me asomo a cada rato a la ventana, como si cada ojeada a la calle desierta me abriera una visión alentadora. Mi corazón se estremece cuando una silueta parecida a la tuya atraviesa la plaza, bajo la ventana. Para contenerme, al advertir que no te puedo encontrar en una sombra falsa que simula tu persona, doy la espalda a la luz y cruzo los brazos sobre mi pecho. Mi débil cuerpo se esfuma un poco más al sentir que no volvés, que no estás. Tu ausencia y la mía se profundizan. Innumerables veces durante el día vuelvo a intentar descubrirte en la ventana y siempre con el mismo resultado triste y desalentador. Ya tengo tanto miedo de mirar que la mayor parte del día estoy de espaldas a la ventana para no ver que no te voy a ver.

A veces, vuelvo a la máquina de coser para comerme el tiempo. El compás de la máquina trabajando sin cesar es más acelerado que el segundero del reloj y su traqueteo ensordece el avance ruidoso de las horas en soledad. Y así me ilusiono con que el tiempo corre más rápido, con que falte menos para que vuelvas de donde no se vuelve. A veces amanezco dormida sobre la máquina que ya no tiene más hilo ni ropa para coser, y despierto sobresaltada y me lanzo a la ventana a contemplar una calle que no trae nada que me interese.

Soy transparente, etérea. Los rayos de luz me atraviesan y no reflejo nada. Mi esencia se disolvió y me convertí en un ser incorpóreo, volátil. Un espíritu sin cuerpo. Un cuerpo que, ya sin tu presencia, está desapareciendo y diluyéndose en el aire, dejando su contenido esparcido en esta habitación. Un alma sin ancla en ningún cuerpo sería arrastrada por la corriente. Pero entre estas paredes, que fueron testigos de nuestra dicha, está mi refugio, lejos del viento y del agua que borran los recuerdos. Mi alma, flotando como en un remanso, tratando de encontrar un sentido al sin sentido de tanto ir y venir entre la máquina de coser y la ventana, aún te espera.

1 comentario:

Anónimo dijo...

El blog me ha cautivado...
"me asomo a cada rato a la ventana, como si cada ojeada a la calle (Adoquines de madera: Es bueno saber adónde estoy parado...)
desierta me abriera una visión alentadora..."
Así espero cada vez un nuevo cuento.
Wols